1974: DE SEVILLA A AMSTERDAM: EL FRACASO DEL IMPERIO.
(Capítulo 4 de El Moderno Sistema Mundial, I, de Immanuel Wallerstein. Digitalizado a partir de la edición en castellano de Siglo XXI editores, 1979. Traducción de Antonio Resines)
(viene de pag. anterior)
En lugar de oponerse a los comerciantes extranjeros, España siguió el camino de expulsar a los no católicos españoles, camino autodestructivo. La posición internacional de España como cabeza de la oposición a las fuerzas del protestantismo en Europa y a las del Islam en el Mediterráneo la condujo, una vez sufrida la derrota de la Armada Invencible en 1588 (140), a seguir las lógicas conclusiones internas de su política internacional. Habiendo expulsado a los judíos en 1492, a los moros en 1502 y 1525, y habiendo perseguido a los marranos y "erasmistas" a lo largo de todo el siglo XVI, España expulsó a la última minoría pseudorreligiosa, los moriscos, en 1609 (141). Los moriscos eran unos trescientos mil, y en su mayor parte trabajadores agrícolas, preferentemente localizados en Valencia y Andalucía (142). La expulsión de los moriscos desgarró la estructura social interna en España. Fue consecuencia en parte de los problemas económicos de la primera década del siglo XVIII (143), en parte de la declinante situación internacional de España (144). Se trataba de una acción dirigida contra la aristocracia terrateniente de los latifundios, una especie de último esfuerzo por parte de los elementos burgueses de España para hundir a esa clase no preparada para el crecimiento capitalista (145). Pero la aristocracia se salvó encontrando una compensación a los ingresos perdidos en la negativa a apagar los préstamos debidos a la burguesía, actitud en la que el Estado les apoyó (146). Pierre Vilar resume las consecuencias diciendo: "en lugar de dañar a la economía feudal se volvió así contra sus acreedores: agricultores acomodados [laboureurs riches] y burgueses" (147). El resultado neto fue doble. Por una parte, "la expulsión de los moriscos tuvo como consecuencia el desequilibrio durante más de un siglo de la península Ibérica. Decidida en Castilla, deslomó a Valencia y Aragón" (148). Por otra parte, hizo aún más profundas las dificultades económicas (149), y provocó que España buscara nuevas y efímeras cabezas de turco para justificar su decadencia (150).
Mientras tanto, el gobierno se encontraba cada vez más endeudado en el exterior, cada vez más inclinado a enfrentarse a la crisis presupuestaria por medio del repudio de las deudas (1557, 1575, 1596, 1607, 1627, 1647), y, finalmente, "incapaz de conseguir más dinero y, en consecuencia, incapaz de seguir luchando" (151). Y en casa, la política exterior "fantásticamente cara de Carlos V, y su dependencia del crédito para financiarla" tuvieron como consecuencia, argumenta J. H. Elliott, no sólo el "dominio de los banqueros extranjeros sobre las fuentes de riqueza del país", sino también que "dentro de Castilla la mayor parte de la carga fuera soportada por aquellas clases menos capacitadas para hacerlo" (152). El dilema resultante para España fue captado ya en el año 1600 por un abogado y teólogo llamado Martín González de Cellorigo: "Y ansí, el no haver dinero, oro ni plata, en España, es por averlo, y el no ser rica, es por serlo" (153).
Las crecientes dificultades económicas de España, combinadas con la incapacidad para crear un aparato de Estado fuerte, llevaron a un creciente bandolerismo al que el Estado no conseguía hacer frente (154). La "lentitud" de la burocracia aumentó, en vez de mejorar, ya que precisamente estas dificultades crearon una rigidez estructural en la que "los reyes españoles podían seguir adelante y gobernar con un mínimo de cambio y reforma" (155). Y, a pesar de la caída de los ingresos del Estado, éste mantuvo, o tal vez incluso incrementó, el alto nivel de gastos de lujo de una burocracia cortesana parásita.
El golpe definitivo puede haber sido demográfico (factor que interviene, cuando lo hace como una variable entre otras, como ya hemos argumentado). Si en el "primer" siglo XVI la población española (o al menos la de Castilla) era grande y creciente (156), esto dejó de ser cierto en el "segundo" siglo XVI, por múltiples razones: emigración a las Américas, muertes en la guerra, hambre y plagas en 1599-1600 en Andalucía y Castilla, y, como ya hemos visto, la expulsión de los moriscos en 1609. No se trata entonces de que España fuera de alguna forma menos emprendedora que otras partes de Europa (157). Sucedió que. Por las razones a las que hemos aludido. El aparato de Estado no estaba adecuada y debidamente construido, y a causa de ello "las circunstancias adversas resultaron excesivamente fuertes", por utilizar la frase de Elliot (158), y España manifestó una "hipersensibilidad [...] al fenómeno de la contracción secular", en palabras de Chaunu (159). En cualquier caso, España no se convirtió en el primer poder de Europa. Por el contrario, estaba destinada a ser primero semiperiférica y después periférica, hasta que en el siglo XX intentara lentamente volver a ascender. Tampoco había declinado España sola. Había arrastrado en su caída todas aquellas partes de Europa que habían estado aliadas a su ascenso: el norte de Italia, la Alemania del sur, Amberes, Cracovia, Portugal. Con excepción de Portugal, todas eran esencialmente ciudades-Estado, sirviendo al imperio de los Habsburgo (y español), así como a la economía-mundo como un todo. Su prosperidad no sobrevivió largo tiempo a la reestructuración del sistema mundial en el "segundo" siglo XVI.
El nuevo sistema iba a ser el único que ha predominados desde entonces, una economía-mundo capitalista en la que los Estados del centro iban a quedar entrelazados en una situación constante de tensión económica y militar, compitiendo por el privilegio de explotar a las áreas periféricas (y debilitar sus aparatos de Estado), y permitiendo a ciertas entidades jugar un papel intermediario especializado como potencias semiperiféricas.
Los Estados del centro habían sacado una saludable lección financiera de las catástrofes económicas de los imperios de los Habsburgo y de los Valois. Estaban determinados a no quedar atrapados de nuevo en un laberinto financiero que escapara a su control. En primer lugar, persiguieron crear el tipo de control de las importaciones que les capacitara para mantener una favorable balanza comercial, concepto que empezó a circular en esta época (160). Pero los Estados hicieron más que preocuparse acerca de la balanza comercial. Se preocuparon también acerca del producto nacional bruto, aunque no lo llamaran así, y acerca de la parte del PNB correspondiente al Estado, y de su control sobre ella. El resultado fue que para finales del "segundo" siglo XVI, como señala Carl Friedrich, "el propio Estado se había convertido en fuente de crédito, en lugar de las casas financieras que hasta entonces habían prestado fondos" (161).
Así empezó un período de involución. En general, el período siguiente podría ser considerado, como lo hace R. B. Wernham, "uno de los más brutales y fanáticos de la historia de la Europa moderna" (162), pero los conflictos al principio se daban más bien en el seno de los Estados que entre ellos. Entre los Estados reinaba por un momento una calma relativa, nacida del cansancio, "una coexistencia llena de escaramuzas y aún explosiva" (163).
Este repliegue hacia el interior del Estado -es decir, este estatismo, ya que no necesariamente nacionalismo-- estaba íntimamente ligado a la naturaleza del desarrollo económico. Es importante empezar recordando la demografía comparativa. Francia, en 1600, tenía una población estimada de 16 millones de habitantes, la mayor de Europa, aunque los diversos principados alemanes sumaban veinte millones. España y Portugal (unidas desde 1580) tenían alrededor de 10 millones; Inglaterra y Gales, 4,5 millones. Las densidades figuran en un orden bastante diferente. Las áreas de las ciudades-Estado comercial-industriales tradicionales iban a la cabeza de la lista: Italia, con 44 habitantes por kilómetro cuadrado, y los Países Bajos, con 40. Francia tenía 34, e Inglaterra y Gales, 30. España (y Portugal) tenían tan sólo 17 (164).
El significado tanto de las cifras absolutas como de las densidades resulta ambiguo. Los números significaban fuerza en la guerra y en la industria. También significaban gente a la que gobernar y bocas que alimentar. El tamaño óptimo queda muy lejos de estar claro, como indicaba ya nuestra discusión anterior. Para el "segundo" siglo XVI, Frank C. Spooner manifiesta cierto escepticismo acerca de los beneficios económicos de una población en expansión. Habla de "ganancias [returns] decrecientes" (165). Al principio, después de Cateau-Cambrésis, "la actividad económica de Europa occidental disfrutó de un período prolongado de bienestar y recuperación" (166). Este fue el período de la inflación de plata, que socavó la minería germana, revaluó el oro y estimuló la economía europea (167). Una consecuencia de la inflación de plata fue que, como observa Tawney, "a finales del siglo XVI, la agricultura, la industria y el comercio exterior dependían en gran medida del crédito" (168). Una segunda consecuencia fue el definitivo desplazamiento del centro de gravedad económico desde la Europa central al nuevo comercio atlántico con el oeste. Spooner dice del tratado de Cateau-Cambrésis que "no fue tanto el cierre de un período como la iniciación de un futuro", y añade: "el camino del futuro yacía [...] al otro lado del Atlántico y de los siete mares del mundo" (169).
Económicamente, sin embargo, el evento más significativo de estos tiempos no estuvo localizado en el Atlántico, sino en el norte. Astrid Friis sostiene que éste fue "la expansión excepcional del comercio marítimo en los Países Bajos e Inglaterra, coincidiendo con un rápido incremento de las importaciones de bienes bálticos, en especial grano, a otras partes de Europa" (170). Según su punto de vista, las crisis de metales preciosos, crédito y finanzas no son el motor del cambio económico (y político), sino su consecuencia (171). En este caso, dice, era la penuria de grano la causa inmediata de la tensión en el mercado monetario (172). Uno de los resultados de esto fue fortalecer enormemente la baza de Amsterdam, que era ya en aquella época el pivote del mercado de grano báltico y que, por tanto, resultaba más solvente que Amberes y otras ciudades de las provincias del sur.
Es así como pasamos de Sevilla a Amsterdam. La historia del "segundo" siglo XVI es la historia de cómo Amsterdam recogió los hilos del imperio en disolución de los Habsburgo, creando el marco de un buen funcionamiento de la economía-mundo, que capacitaría a Inglaterra y a Francia para comenzar a emerger como Estados fuertes, consiguiendo finalmente fuertes economías nacionales.
Estos desarrollos fueron en su mayor parte consecuencia del hecho de que la primera fase expansionista de la economía-mundo europea estaba llegando a su término en este período. Era el momento en que "la gran marea empezaba a detenerse, como si su subida careciera del impulso necesario para sobreponerse a los obstáculos e impedimentos que ella misma había alzado" (173). Veremos ahora las respuestas de los centros tradicionales de población y finanzas, los Países Bajos y el norte de Italia. En el próximo capítulo abordaremos la emergencia de Inglaterra, no sólo como el tercer poder político europeo (junto con Francia y España), sino como el que más rápidamente avanzó en la esfera industrial, y la forma en que Francia, al pasar de una orientación imperial a una estatista, no logró cosechar la totalidad de los beneficios de tal cambio organizativo.
¿Hasta qué punto eran importantes los Países Bajos en esta época? Lucien Febvre, en su introducción a la magnum opus de Chaunu sobre el comercio atlántico, sugiere -no afirma-- que el comercio a y desde los Países Bajos palidece en comparación:
Desde el punto de vista de una historia económica vista desde lo alto, desde el punto de vista de la historia cultural y del mundo a gran escala, qué hay en común entre ester comercio costero de bienes de bulto, útil, pero bajo ningún concepto precioso, que iba del norte al sur, y del sur al norte [...] este comercio costero de alimentos, el trueque, las modestas compras, el transporte a cortas distancias al que dio lugar, y, considerando sólo el comercio que iba de América a Europa, la contribución de metales precios en cantidades hasta entonces desconocidas, que había de revivir tanto la economía como la organización política, las "grandes políticas" de los poderes europeos, precipitando y acelerando así movimientos sociales de alcance incalculable: el enriquecimiento de una burguesía mercantil y financiera que asciende, como los Fugger y tantos otros, a rango principesco; la decadencia progresiva de una nobleza que mantiene sus estatus y su esplendor por el único medio de explotar de forma parasitaria los beneficios logrados por los creadores de riqueza; la larga supremacía en Europa de los Habsburgo, señores del oro y la plata ultramarinos; frente a tantas cosas grandes, ¿qué importancia tiene este comercio local (trafic casanier), este comercio artesanal del Sund y sus barcazas, arrastrando prudentemente sus gruesas panzas bajo un cielo neblinoso? (174).
Efectivamente. ¿Cuál? Esa es la cuestión. Incluso en el supuesto de que los datos de Febvre fueran totalmente correctos -y parece haber razones para pensar que subestima seriamente el comercio del norte (175)-, deberíamos dudar antes de aceptar la intimidante floritura de la prosa de Febvre. Porque este comercio local artesanal transportaba materias primas para las nuevas industrias y alimentos para las ciudades (176). Como ya hemos visto, marcó y codificó una nueva división europea del trabajo. Después de todo, los metales preciosos han de ser utilizados para comprar mercancías reales, y, como hemos visto también, los metales preciosos pueden no haber hecho por España mucho más que pasar por sus arcas.
La cuestión tampoco era solamente la centralidad económica del comercio que giraba en torno a los Países Bajos. Era también una cuestión de especialización en las nuevas capacidades requeridas para manejar un foco financiero y comercial de la economía-mundo. Fue el dominio de tales capacidades lo que permitió a los holandeses arrebatar el control del comercio mundial de especias a los portugueses, con el paso del "primer" al "segundo" siglo XVI (177).
La importancia de los Países Bajos para el comercio intraeuropeo no resulta, por supuesto, nada nuevo. Como nos recuerda S. T. Bindoff, "del siglo XI al XVII los Países Bajos fueron uno de los puntos nodales del comercio europeo..." (178). Hemos señalado el papel clave de Amberes en el "primer" siglo XVI (179). Amberes cayó en 1559 (180), y lo importante es observar que su sucesión no era en absoluto obvia. Como sabemos, Amsterdam se puso al pie del cañón, pero Lawrence Stone argumenta que una forma de interpretar este hecho es considerarlo un fracaso de Inglaterra tanto como un éxito de los holandeses, un fracaso que "retardaría" el ascenso inglés en el sistema mundial (181).
Notas:
(140) «Durante algún tiempo fue evidente que España estaba perdiendo su batalla contra las fuerzas del protestantismo internacional [...] Si algún año marca la división entre la triunfal España de los dos primeros Habsburgo y la España derrotista y desilusionada de sus sucesores, ese año es 1588». Elliott, Imperial Spain, pp. 282-283.
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(141) «Se llamaba moriscos a los musulmanes que vivían en territorio cristiano y fueron obligados a aceptar el bautismo cristiano o a abandonar España, a partir de 1502 en Castilla y de 1525 en Aragón. La mayor parte de ellos se sometieron, mínimamente, pero conservaron la lengua y las viejas costumbres árabes». Nota de Joan Connelly Ullman en Vicens Vives, Approaches, p. 31.
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(142) Véase Vicens Vives, Approaches, pp. 102-103 [p. 113]. Vicens basa sus cifras en la obra de Henri Lapeyre, Géographie de I'Espagne morisque, París, SEVPEN, 1959.
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(143) «[En] el transcurso de los primeros años del siglo XVII [se produce en España] una inversión de la principal tendencia de los precios, entre 1601 y 1604 [y una] inversión de la principal tendencia del volumen global de comercio entre la España del Atlántico e Hispanoamérica, en 1608-1609. La posición exacta en el tiempo de la expulsión de los moriscos [1609] debe mucho a esta modalidad de coyuntura española». Pierre Chaunu, «Minorités et conjoncture. I'expulsion des Morèsques en 1609», Revue Historique, CCXXV, 1, enero-marzo de 1961, p. 93.
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(144) Joan Reglà señala que en el siglo XVI se consideraba a los moriscos como una «quinta columna» potencial, y que el temor al avance otomano repercutió en el tratamiento recibido por los moriscos. Véase «La cuestión morisca y la coyuntura internacional en tiempos de Felipe ll», Estudios de Historia Moderna, III, 1953, pp. 222-228.
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(145) Véase Joan Reglà, «La expulsión de los moriscos y sus consecuencias», Hispania, XIII, 51, 1953, p. 222. Sin embargo, Klein la ve en parte como una defensa de los intereses de la producción ganadera contra los agrícolas: «Se puede decir que no es improbable que la Mesta utilizara su influencia sobre los monarcas para asegurar la expulsión de los moriscos en 1609. Los archivos de sus pleitos contra cercamientos individuales de tierras de pastos con fines de labranza muestran, durante los últimos años del reinado de Felipe II, un número sorprendentemente elevado de demandados moriscos. Aunque una parte considerable de los moriscos eran buhoneros, comerciantes y mendigos, con mucho el mayor número de ellos eran agricultores campesinos. Su expulsión [...] fue [...] incuestionablemente una de las más graves pérdidas nunca conocidas en la historia agraria española.» The Mesta, p. 338. Véase Jordi Nadal: «Los motivos de esa persecución pueden reducirse a dos: de un lado, la minoría mora, ideológicamente irreducible, sortea con mayor fortuna que la mayoría cristiana las crecientes dificultades económicas; de otro, los vasallos musulmanes, más dóciles que sus oponentes, favorecen los intereses del feudalismo aristocráticos La población española, página 63.
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(146) Véase Joan Reglà, Hispania, XIII, 52, 1953, p. 446.
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(147) Vilar, Europe, vol. 34, p. 6.
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(148) Chaunu, Revue Historique, CCXXV, p. 97. Véase Joan Reglà, «La expulsión de los moriscos y sus consecuencias en la economía valenciana», Studi in onore di Amintore Fanfani, V, Evi moderno e contemporaneo, Milán, Dott. A. Giuffrè, 1962, pp. 525-545. J. H. Elliott, si bien se muestra un tanto reservado respecto al impacto económico negativo de la expulsión de los moriscos en España como un todo, concede que: «Para Valencia por lo menos, entonces, la expulsión de los moriscos supuso un desastre económico» «The Spanish peninsula, 1598-1648», New Cambridge Modern History, IV, J. P. Cooper, comp., The decline of Spain and the Thirty Years' war.- 1609-1648/59, Londres y Nueva York, Cambridge Univ. Press, 1970, p. 455.
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(149) «Es probable que una de las consecuencias inmediatas de la expulsión de los moriscos fuera que el volumen de comercio de la carrera [de Indias] en el período 1614-1622 no se pueda comparar con el periodo cumbre de 1605-1613». Chaunu, Revue Historique, CCXXV, p. 93.
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(150) «¿Hemos prestado atención suficiente a [...] la importancia de la transferencia [de objeto] hacia los judíos, o los acusados de serlo, que se produce en el curso del deterioro coyuntural de la España del siglo XVII, cuando el útil chivo expiatorio de los moriscos falta de repente?», Chaunu, ibid., p. 94.
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(151) G. N. Clark, The seventeenth century, Londres y Nueva York, Oxford Univ. Press (Clarendon), 1929, p. 42.
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(152) Elliott, Imperial Spain, p. 204.
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(153) Citado por Vilar, Europe, vol. 34, p. 10. H. G. Koenigsberger hace la misma observación en un lenguaje más moderno: «Así, para asombro de los extranjeros, toda la plata del Perú no pudo convertir a España en un país rico. El tesoro americano ayudó a pagar las guerras del Emperador e hizo la fortuna de los banqueros genoveses, pero de él se invirtió demasiado poco en la producción para superar el atraso económico del país. Al convertirse el imperio de Carlos V cada vez más en un imperio español, la debilidad económica de España se transformó en un lastre aun más serio en su lucha contra sus rivales de Europa occidental». «The empire of Charles V in Europe», en la New Cambridge Modern History, II, G. R. Elton, comp., The Reformation, 1520-1559, Londres y Nueva York, Cambridge Univ. Press, 1958, pp. 322-323.
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(154) Da Silva atribuye el auge del bandolerismo al hecho de que «las extremas tensiones de los precios de venta y el mercado ponían a los campesinos a merced de los señores locales». En Espagne, p. 161. Joan Reglà lo considera un subproducto de la crisis francesa: «A mayor abundamiento, la crisis francesa proyectó hacia Cataluña y Aragón nutridas oleadas de emigrantes gascones, que impulsaron vigorosamente el bandolerismo.» Estudios de Historia Moderna, III, p. 233. Sin duda es un poco excesivo echar toda la culpa los gascones. Pero Enric Serrahima señala que en 1582 la situación en los Pirineos se hace desastrosa porque los hugonotes y los bandidos de las montañas nativos «hacen causa común». «Hugonotes y bandidos en el Pirineo catalán», Estudios de Historia Moderna, IV, 1954, p. 211.
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(155) V. G. Kiernan, Past and Present, 31, p. 37.
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(156) «Los grandes éxitos imperiales de España en el siglo XVI fueron resultado en primer término del coraje y la vitalidad de la población excedente de la sobrepoblada Castilla. Las cifras sobre la población española en el siglo xvi son limitadas y no muy dignas de confianza, pero actualmente se puede estar probablemente de acuerdo en que la población de Castilla aumentó durante buena parte del siglo, como aumentó por todas partes en Europa, con una tasa máxima de crecimiento en la década de 1530». Elliott, Past and Present, 20, p. 57.
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(157) Véanse los argumentos de Elliott en Imperial Spain, pp. 194-195.
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(159) Chaunu, Séville, VIII (1), p. 244.
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(160) «El colapso financiero de todas las grandes potencias bajo el esfuerzo bélico a finales de la década de 1550, y la consiguiente paz de Cateau-Cambrésis, habían convencido a todos los gobiernos de la necesidad de acumular un fondo de guerra en metales preciosos.» Lawrence Stone, «Elizabethan overseas trade», Economic History Review, 2ª serie, II, 1, 1949, p. 35. Stone cita la nueva máxima francesa: «Les choses desquelles les hommes se peuvent passer ne doibven estre jugées nécessaires» («Las cosas de las que los hombres pueden prescindir no deben ser consideradas necesarias»).
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(161) Carl J. Friedrich, The age of the baroque, Nueva York, Harper, 1952, página 8.
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(162) «Introduction», New Cambridge Modern History, III, R. B. Wernham, comp., The Counter-Reformation and the price revolution, 1559-1610, Londres y Nueva York, Cambridge Univ. Press, 1968, p. 1.
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(163) «Así, los grandes conflictos que habían desgarrado Europa duran te la primera mitad del siglo XVI se fueron extinguiendo al ir cayendo exhaustos, uno a uno, los combatientes. En el este, la larga lucha entre cristianos y turcos musulmanes se fue enfriando lentamente en una coexistencia llena de escaramuzas y aún explosiva. En el centro, en el Sacro Imperio Romano, la Dieta de Augsburgo de 1555 consagra un equilibrio triple, precario pero en general cuidadosamente guardado, entre los príncipes luteranos, los príncipes católicos, y un emperador Habsburgo cuyo poder (tal como era) descansaba cada vez más sobre las lejanas fronteras orientales del imperio, sobre los ducados austríacos y sobre Bohemia. En el oeste, la paz de Cateau-Cambrésis en abril de 1559 reconocía un difícil e inestable equilibrio entre la monarquía francesa y la rama española de la casa de Habsburgo, los dos leviatanes que aún descollaban por encima de todas las demás potencias, y cuya larga disputa quedaba ahora suspendida más que finalizada. Cada uno de estos conflictos, al irse extinguiendo, dejó tras de sí su propio sistema político particular, y después de 1559 cada uno de estos sistemas siguió más y más su propio camino, en creciente aislamiento del resto». Ibid., página 2.
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(164) Estas cifras se encuentran en Frank C. Spooner, «The economy of Europe, 1559-1609», en New Cambridge Modern History, III, R. B. Wernham, comp., The Counter-Reformation and the price revolution, 1559-1610, Londres y Nueva York, Cambridge Univ. Press, 1968, p. 33. Véase Braudel, La Méditerranée, I, pp. 361-362; Cipolla, Guns and sails, p. 86 n.
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(165) «Sin embargo, los cambios en la población no fueron siempre tan favorables al desarrollo económico como se podría imaginar en primer término. Más hombres significaban más vagabundos y bandidos viviendo al margen de la sociedad y de la ley; también aumentaban la demanda de empleo, lo cual creaba otro difícil problema. En suma, el crecimiento de la población implicaba toda una serie de ventajas, mezcladas con cargas e inconvenientes. Es posible [...] que en un momento dado la producción humana siga la ley de los rendimientos decrecientes, un proceso de deterioro [...] A finales del siglo XVI Europa había llegado a estar relativamente sobrepoblada, más especialmente en los países occidentales, los de mayor densidad y riqueza. Una revolución tecnológica tal como la revolución industrial podría haber resuelto la situación, pero esta revolución sólo llegaría dos siglos después. En otras palabras, es posible que el nivel de la producción no pudiera alcanzar la capacidad requerida, y fuera insuficiente para la población. En efecto, la oferta no respondía a la creciente demanda». Spooner, New Cambridge Modern History, III, p. 34.
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(168) Tawney, A discourse upon usury, p. 86.
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(169) Frank C. Spooner, «The Hapsburg-Valois struggle», New Cambridge Modern History, II, G. R. Elton, comp., The Reformation 1520-1559, Londres y Nueva York, Cambridge Univ. Press, 1958, p. 358.
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(170) Astrid Friis, «An inquiry into the relations between economic and financial factors in the sixteenth and seventeenth centuries», Scandinavian Economie History Review, I, 2, 1953, p. 193. Véanse también páginas 209-213.
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(171) Refiriéndose específicamente a la tesis de Hauser sobre las crisis de 1557-1559, afirma: «La raíz del desarrollo del mal debe buscarse en las condiciones económicas imperantes más bien que en la política financiera. No es que yo piense elogiar a esta última. Probablemente era inevitable a largo plazo la quiebra de las finanzas de los Países Bajos y España. Pero ciertamente la capacidad de los habitantes para pagar impuestos y avanzar préstamos, mediante los cuales se podían anticipar los ingresos procedentes de los impuestos, fue un factor importante en el sistema financiero del dominador de los Países Bajos [...]
»W. R. Scott, que [...] se ha dedicado mucho al estudio de las depresiones de los comienzos de los tiempos modernos, especialmente en Inglaterra, dice que las malas cosechas, las plagas y las interrupciones del comercio a causa de la guerra son, entre los factores simultáneos que pueden haberlas acelerado, demasiado importantes para poder ser ignorados. Precisamente estos tres factores pueden rastrearse en los Países Bajos en el año fatídico de 1557». Ibid., p. 195.
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(172) Véase ibid., pp. 213-217.
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(173) Spooner, New Cambridge Modern History, III, p. 42.
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(174) Lucien Febvre, «Préface» a Huguette y Pierre Chaunu, Séville et l'Atlantique (1504-1650), I, Introduction méthodologique, París, Armand Colin, 1955, P. xiii.
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(175) Véase la reseña por Jan Craeybeckx del libro de Emile Coornaert, Les français et le commerce internationale à Anvers (fin du XVe-XVIe siècles), en la que subraya que el libro de Coornaert «proporciona abundantes pruebas de que el tráfico entre las diferentes regiones del viejo continente era mucho más que la rutina diaria a pequeña escala (train-train quotidien) que describe Lucien Febvre en su prefacio al primer volumen de la notable obra de H. y P. Chaunu sobre Séville et l'Atlantique. La afirmación debe ser considerablemente revisada cuando comprobamos que simplemente las llegadas de vino desde Middelburg a menudo igualaban, o incluso excedían, en tonelaje al menos, si no en valor, el volumen anual del tráfico entre España y el Nuevo Mundo». «Les français et Anvers au XVIe siècle», Annales ESC, XVII, 3, mayo-junio de 1962, p. 543.
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(176) Véase la descripción de Aksel E. Christensen: «Las exportaciones del Báltico [...] consistían casi exclusivamente, además del grano, en materias primas y materiales auxiliares para la industria holandesa y de Europa sudoccidental. La construcción naval era la más prominente de las industrias provistas por estas importaciones [...] El cáñamo era la materia prima para la fabricación de cuerdas, industria auxiliar diferenciada de la construcción naval y de la pesca (redes), mientras que el lino, entre varias, era la base de otra industria auxiliar, la fabricación de velas. [También la brea, el alquitrán y los metales para la construcción naval].
»De hecho, el comercio báltico era la "madre" y el "alma" del comercio holandés, no sólo el más antiguo y todavía el más importante comercio al por mayor, sino también la base fundamental de la prosperidad y el crecimiento de la marina mercante.» Dutch trade to the Baltic about 1600, Copenhague, Munksgaard, 1941, pp. 365-366. Véase J. G. van Dillen, «Amsterdam's role in seventeenth-century Dutch politics and its economic background», en J. S. Bromley y E. H. Kossman, comps., Britain and the Netherlands, II, Groninga, Wolters, 1964, esp. pp. 133-135.
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(177) «[En la segunda mitad del siglo XVI se creó una nueva economía-mundo, una economía en la que Lisboa y la Casa de Contratación controlaban el, tráfico mundial de especias y dirigían la flota de naves especieras al puesto comercial de Goa y luego a su fondeadero del Tajo. La administración y las técnicas financieras portuguesas resultaron inadecuadas para tareas tan lucrativas [y] los holandeses demostraron su capacidad como intérlopes [...] El tráfico de especias bajo control holandés se convirtió en un anexo inestimable de su comercio con el Báltico y la Europa noroccidental. El nuevo y ampliado comercio de especias y productos orientales engranó en un sistema comercial que se prolongaba por toda Europa y, de hecho, a través del Atlántico.» E. E. Rich «Preface», en Cambridge Economie History of Europe, IV,E. E. Rich y C. H. Wilson, comps., The economy of expanding Europe in the 16th and 17th centuries, Londres y Nueva York, Cambridge Univ. Press, 1967, página xii.
Véase nuevamente E. E. Rich: «Los holandeses, entretanto, habían cosechado las ventajas del comercio con el Nuevo Mundo sin necesidad de participar activamente en los viajes o el comercio hacia el este o el oeste. Gran parte de su energía se vio absorbida por sus disputas religiosas y la larga lucha con España; y en virtud de su posición geográfica y de su agudeza comercial fueron capaces de hacer de su país, y de su gran ciudad de Amberes, el puerto de llegada de las especias de Oriente y la lonja de los tesoros de América. El comercio con los arenques del mar del Norte, también, les permitió establecer un provechoso contacto comercial con Portugal y el Mediterráneo, y su comercio báltico en madera, lino, alquitrán y pieles les hizo indispensables a los otros Estados de Europa occidental, en particular a Inglaterra». «Expansion as a concern of all Europe», New Cambridge Modern History, I, G. R. Potter, comp., The Renaissance, 1493-1320, Londres y Nueva York, Cambridge Univ. Press, 1957, p. 468.
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(178) S. T. Bindoff, «Economic change: the greatness of Antwerp», New Cambridge Modern History, II, G. R. Elton, comp., The Reformation, 1520- 1559, Londres y Nueva York, Cambridge Univ. Press, 1958, p. 51.
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(179) El comercio hanseático con Francia y más tarde con la península Ibérica pasaba por Brujas ya en el siglo XIII. En el siglo XVI el paso por Amberes era inevitable. En esta época, por lo general, las naves hanseáticas sobrevivían más como transportistas que como comerciantes en el tráfico atlántico. Véase Pierre Jeannin, «Anvers et la Baltique au XVIe siècle», Revue du Nord, XXXVII, abril-junio de 1955, pp. 107-109. Jeannin señala que «el ambiente de Amberes actuó como un disolvente de las tradiciones e instituciones hanseáticas» (p. 97).
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(180) No todo el mundo está de acuerdo. Frank J. Smolar, jr., sostiene que su decadencia se ha exagerado; véase «Resiliency of enterprise: economic causes and recovery in the Spanish Netherlands in the early seventeenth century», en Charles H. Carter, comp., From the Renaissance to the Counter-Reformation, Nueva York, Random House, 1965, páginas 247-248. Su razonamiento detallado se encuentra en las pp. 251-252, y concluye: «Hay fuertes indicaciones de fortaleza económica inherente y de potencial para una recuperación extensiva; los datos en este sentido son muchos, y en gran parte no han sido utilizados» (p. 253).
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(181) «Inglaterra consiguió reorganizar su comercio para compensar adecuadamente los daños ocasionados por el colapso de Amberes. Pero no logró --de hecho, apenas intentó- ocupar el trono vacante. Desaprovechó la oportunidad única que se le ofreció entre la caída de Amberes y el ascenso de Amsterdam. Hay muestras de que, en este período crítico de la historia económica inglesa, logró efectivamente arrebatar a Alemania la preeminencia en las técnicas industriales y mineras, Pero perdió la carrera por la supremacía comercial y naval ante los más emprende- dores, más eficientes y mejor organizados holandeses. No es desmesurado sugerir que este fracaso en beneficiarse del colapso de Amberes retrasó por lo menos un siglo el ascenso de Inglaterra a una posición de grandeza mundial.» Stone, Economie History Review, II, p. 54.
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